Algunos recuerdos de Matabuena

Recordamos muy bien el primer día que pasamos por Matabuena, en mayo o junio de 1972. Debía ser un sábado o un domingo, íbamos camino de Madrid, queríamos volver por La Granja y Navacerrada y, la verdad, nunca habíamos oído hablar de Matabuena. De los alrededores sólo conocíamos, cómo no, Pedraza. Pero, al acercarnos a Matamala nos gustaron su arbolado y sus prados, nos pareció enseguida un sitio muy agradable. Aquel día, como otros de aquel año en que íbamos de excursión por los alrededores de Madrid, pero siempre hacia el norte, hacia el puerto de Somosierra, teníamos en la cabeza la vaga idea de buscar alguna casita para comprar, o algún terreno en el que, en el futuro, edificar. Buscábamos, en primer lugar, molinos abandonados, lo que entonces estaba de moda, pero no habíamos encontrado ninguno. El único que nos había gustado, el que está entre Prádena y Arcones, ya tenía dueño.

Ya en Matabuena, paramos el coche y nos bajamos a tomar algo en el bar de la Emilia, que es como se llamaba entonces y se sigue llamando ahora. El bar estaba de bote en bote. No recuerdo exactamente a quién se lo pregunté, pero el caso es que pregunté: “¿Saben ustedes quién de por aquí querría vender algún terreno?” E, inmediatamente, un vozarrón, justo a mi lado, respondió, como si hubiera estado esperando mi pregunta: “¡Yo mismo, sin ir más lejos!”. La persona que me había respondido era Teodoro Bartolomé, que estaba allí con su cuñado, Manolo (q.e.p.d). Teodoro y Manolo nos acompañaron a la cañada de Carramonte y nos enseñaron, primero, un prado que no nos gustó. Después, otro que ya nos gustó más. Y ahí empezó nuestra pareja de hecho con este pueblo, que dura ya más de treinta años, y nuestra amistad con muchas personas de Matabuena, empezando por Teodoro, Felipa, y toda su familia, cuya simpatía y generosidad han sido siempre, para nosotros, un verdadero regalo y una de las razones de nuestro cariño y fidelidad al lugar.

Treinta años son muchos años, y dan para muchos recuerdos Nosotros hemos conocido la Matabuena en la que la hierba se cortaba con guadaña, en la que había carretas de bueyes en activo, en la que algunos vecinos tenían un burro para las tareas del campo…o, simplemente, para ir de un lado a otro, y en la que aún había vacas lecheras y se veían los recipientes en el borde de la carretera y los camiones que pasaban a recogerlos.

De las personas que, desgraciadamente, ya no nos acompañan, querríamos recordar a cuatro: Agustín Benito, el secretario, que siempre estuvo “a favor” de esos madrileños desconocidos que aparecieron un día en el pueblo, y nos ayudó en lo que pudo (tuve con él algunas interesantes conversaciones sobre política en 1978); Carlos Martín, el alcalde, una persona inteligente y abierta (yo le comenté un día que debía situar el rollo de piedra en medio de la plaza, para protegerlo mejor y para adornar, y, después de pensarlo, me dijo que le parecía una buena idea, y eso es lo que hizo), con quien también tenía largas parrafadas (la viuda de Carlos, Doña Gregoria, es, por cierto, una de las personas que hablan un castellano mejor y más puro que conozco); Fidel Baeza, que hacía el mejor pan que hemos comido en la vida (y mira que hemos viajado y comido en sitios distintos) y ya bastante mayor acompañaba a sus nietos en la subida del primero de mayo a la Cruz, y, cómo no, nuestro querido Alejandro, cuya muerte aún nos parece imposible: todavía no podemos creer que Alejandro no va a aparecer por la cañada, en una de sus inesperadas visitas, para tomar un vaso de vino y charlar. Matabuena era, para Alejandro, una verdadera pasión, estaba realmente enamorado de Matabuena, del paisaje, de toda la comarca: nosotros, como otras muchas personas del pueblo y de los alrededores, le teníamos un grandísimo aprecio y no lo olvidamos.

Aunque Matabuena no ha cambiado demasiado en estos treinta años, cambios sí que ha habido. Cañicosa se está convirtiendo en un barrio residencial y tiene ahora un famoso restaurante y un bar, ha mejorado la carretera, se ha canalizado y cubierto el arroyo que antes atravesaba el pueblo, se hizo un pozo que ha sido la salvación para el verano, se reformó el bar de la Emilia, se arregló el Ayuntamiento, tenemos un hotel rural y vamos a tener, parece, un frontón, hay más establos que antes, y en verano los aromas no siempre son perfumados. ¡Incluso tenemos un campo de golf…asilvestrado y, en verano, exposiciones y…teatro!

Felizmente, algunas cosas no han cambiado. Por ejemplo, se mantiene la subida a la Cruz el 1º de mayo y la comida campestre después (con vino y puros a cargo del Ayuntamiento), es el único pueblo, que yo sepa, que mantiene esta buena tradición, y el concurso de disfraces en las fiestas, que es una cosa divertida y original.

Matabuena tiene una situación geográfica óptima -una hora y algo de Madrid, cuarenta minutos de Segovia, junto a Pedraza, muy cerca del puerto de Navafría y sus bosques, media hora del valle del Lozoya, media hora de La Granja, sus monumentos y jardines fabulosos, media hora de La Pinilla y sus remontes, que también son estupendos en verano, etc .En suma, el paisaje y el entorno de Matabuena está entre los mejores, más variados y más completos de Segovia y entre los mejores de las cercanías de Madrid. Se trata de tener cuidado y aprovechar todo eso. ¡Suerte a la nueva Asociación cultural!

Luis Maria Linde y Helene Raspaud